Cuando llegamos a una ladera de Alicante, lo primero que hacemos es revisar la geología local: margas y calizas del Mioceno cubiertas por depósitos coluviales. Nuestro equipo despliega una unidad de penetración dinámica ligera para sondeos rápidos en zonas de difícil acceso. Para laderas con fuerte pendiente, combinamos el registro continuo con un georradar GPR que detecta planos de rotura ocultos bajo la cobertera vegetal. Cada punto de control se georreferencia con GPS diferencial para obtener un modelo preciso de la superficie topográfica. El clima mediterráneo semiárido de Alicante, con lluvias torrenciales concentradas en otoño, condiciona el régimen de humedad del terreno y acelera los procesos de erosión superficial. Por eso, antes de cualquier cálculo de estabilidad, realizamos una campaña de ensayos in situ que incluye determinación de la densidad natural y contenido de agua en cada horizonte del talud.

En Alicante, el 60% de los deslizamientos activos están asociados a discontinuidades heredadas de la falla de Crevillente, con planos de buzamiento entre 25° y 40°.