Arrancamos cada proyecto de jet grouting en Alicante con la puesta a punto del equipo de inyección: una bomba triplex de alta presión capaz de alcanzar 600 bar, conectada a un tren de varillaje de 3,5 pulgadas con monitor de triple boquilla. El operador ajusta la velocidad de rotación y retiro según la litología que atravesamos —en la zona del Puerto de Alicante hemos visto desde limos arcillosos hasta gravas cementadas del Cuaternario— y el monitor inyecta lechada de cemento a 450 bar mientras el fluido de corte erosiona el terreno. La mezcla in situ forma columnas de suelo-mejorado de 0,8 a 2,5 m de diámetro, dependiendo de la energía aplicada. Antes de diseñar el tratamiento, obtenemos muestras del perfil con calicatas exploratorias para verificar la heterogeneidad del relleno. El caudal de lechada se mantiene entre 80 y 120 L/min, y la relación agua/cemento se fija en 0,8:1 para garantizar resistencia sin excesiva retracción.

En Alicante, el jet grouting reduce el potencial de licuefacción en arenas aluviales sueltas al incrementar la densidad relativa del suelo in situ.